| Summary: | La poesía de Osvaldo Aguirre es una geografía de sílabas que se extienden en una composición constante, en la que la regularidad está ahí como puesta en juego. Si uno se fija bien en las partes que integran los poemas, podrá seguir un mapa de exactas y a la vez pálidas orientaciones, dadas por las sintonías atravesadas entre las palabras y por los cortes de los versos que van narrando un subcanto. Esta medida visual y musical integrada, persistente, a veces pide que saltemos un vacío de tiempo y nos ubica en un lugar que conduce a la pregunta: ¿en qué momento narra el que escribe, dónde está ubicado el que mira en este curso interior de la narración siendo que ambos espacios se parecen, son los mismos u otro? La respuesta sea tal vez simple, aunque la propuesta, que escatima referencias del narrador, nos ha obligado, poniéndonos en su ritmo. Una es: en ninguna parte y en un presente urdido con secreto; el narrador se va desplazando elípticamente y manteniéndose simétrico respecto del tema, lo que narra; y lo que narra, además, es un conjunto de voces y relatos comunales, inquietantes, viborosos, que hacen un juego de elementos como un pack de cubiertos o en sí mismos trozos de un paisaje; y así también esas sucesiones y alternancias musicales-visuales remiten a una oración para lo perdido. Estos poemas, que desarrollan una ocasión precisa, por su intensidad distraen un poco, cuanto más se extienden, su motivo y su realidad, aunque preservándolas siempre.
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