| Riassunto: | Hacia 1884 el doctor Henry Jekyll, mediante un modus operandi que se abstuvo de revelar, se transformó en el señor Hyde. Era uno y fue dos. (Años después, algo semejante ocurriría con Dorian Gray.) El arte de la colaboración literaria es el de ejecutar el milagro inverso: lograr que dos sean uno. Si el experimento no marra, ese aristotélico tercer hombre suele diferir de sus componentes, que lo tienen en poco. Tal es el triste caso del narrador santafesino bustos Domec, tan calumniado por Bioy Casares y por Borges, que le reprochan su barroca vulgaridad.
Bromas aparte, este tomo me complace más que el anterior. En ambos estoy yo, pero en el anterior está el trabajo solitario y en éste la alegría de la amistad y los hallazgos compartidos. Tampoco están ausentes mis aficciones.
El culto del Norte, que me movió a emprender, como William Morris, una peregrinación a Islandia. La doctrina de Buddha, a la que me encaminó Schopenhauer. El hábito de la poesía gauchesca, que hace de mi vieja memoria un archivo de Hernández y de Ascasubi, que ciertamente no eran gauchos pero que jugaron a serlo. Lugones, que no puedo olvidar, como no puedo olvidar a Quevedo. El amor de la literatura fantástica, harto más verdadera y más antigua que los remedos del realismo.
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