| Summary: | Diez días después de la partida de su esposo, Guadalupe Cuenca de Moreno recibió una caja negra. No traía tarjeta ni nota alguna, solo contenía un abanico de luto, un velo y un par de guantes negros. A más de un siglo de distancia, el historiador Enrique de Gandía dictaminó que aquel sombrío envío era un macabro anuncio de su viudez.
Mientras tanto, en el sucio barco que lo llevaba rumbo a Londres —una especie de arca miserable poblada de ratas e insectos—, el doctor Mariano Moreno comenzaba a sospechar que estaba siendo envenenado. Curiosamente, esta convicción lo tranquilizaba: al menos no luchaba contra fuerzas sobrenaturales. En su soledad, rezaba, implorando a Dios que le concediera salud.
Moreno, consciente de la fragilidad de su existencia, intentaba transmitir su sabiduría a su hermano Manuel y a Tomás Guido. En largos discursos, compartía recuerdos, fragmentos de su vida, y pensamientos luminosos que parecían surgir con mayor claridad en medio de la adversidad. Para alcanzar esa lucidez, cerraba los ojos, apartándose del ruido exterior, buscando en su interior las voces que aún vibraban en su memoria.
Escribía cartas apasionadas a su amada Guadalupe, cartas destinadas a nunca llegar a su destino. En ellas, confesaba su culpa por haberla sacrificado en nombre de un ideal que quizá no comprendía del todo. ¿Fue realmente amor a la patria? ¿O solo un orgullo terco que lo había condenado al destierro y al olvido?
El historiador Juan Carlos Martelli logra delinear con maestría un perfil de Moreno que elude la apología fácil. Nos lo presenta en toda su complejidad, acercándonos al hombre que se debate entre la grandeza de sus ideales y la fragilidad de su humanidad.
|