| Gaia: | La abadía de St. Branoz había sido en un principio un lugar sagrado. Fue cuando San Agustín llevó el cristianismo a Bretaña. Pero luego, los regalos de los fieles que llegaban a la abadía comenzaron a transformar a los monjes, quienes al volverse ricos iniciaron una vida perversa: gozaban de la comida, bebían demasiado y hacían fiestas desenfrenadas. Un día llegó a la abadía un hombre extraño, sin regalos. Sólo entró, oró por la conversión de los monjes y les pidió que se arrepintieran. Los monjes lo castigaron con los mismos látigos que antes habían usado para hacer penitencia. Sin embargo, nada parecía causarle daño. Repentinamente, una luz lo rodeó, levantó los brazos y maldijo la abadía: -una vez este lugar fue sagrado, pero ahora está maldito. Pronto será como si nunca hubiera existido. Vuestras campanas serán silenciadas; salvaos cuando anuncien alguna terrible desgracia.- Angelet escuchó fascinada el relato de su madre. Jamás hubiera sospechado que la maldición caería sobre ella tan pronto. Y que la perseguiría a lo largo de toda su vida.
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